LA CUEVA DE FUEGO
2º DE LA ESO
Era por la noche, y como todos los días del mes de diciembre
hacia frio. Sacaba a la perra cuando de repente, vi que los árboles se movían de
manera muy rara, pero ese día no hacia viento, cosa muy rara en ese mes,
entonces me iba a ir a casa cuando oí un fuerte estruendo, mire para atrás y vi
que todos los árboles del parque empezaban a salir de sus agujeros. Pensé que
era mi imaginación la que me estaba jugando una mala pasada, pero toque la
tierra más próxima a los árboles y estaba ardiendo, entonces se me ocurrió la
feliz idea de meter la cabeza en uno de los hoyos, cuando la metí vi unas
enormes cuevas que parecían prehistóricas. Menudo susto me di al descubrir que
debajo de nuestros pies había unas cuevas tan antiguas y que me acababa de dar
cuenta. Saque la cabeza de golpe y mire para atrás buscando a la perra, pero la
perra no estaba en ningún lado.
Entonces lo único que se me ocurrió fue pensar que se había metido
en uno de esos hoyos o que había huido a casa al ver que los árboles del parque
estaban sacando las raíces de la tierra en la que habían estado plantados desde
que solo eran una semillita.
Pensé que lo más normal era que se hubiera metido en una de
esas cuevas. Mi pensamiento me llevo a hacer una cosa que jamás hubiera hecho
de no ser por la perra, me metí en el hoyo y empecé a buscarla.
Nada más entrar en la cueva divisé unos enormes ojos que me
atravesaban con su potente mirada. La verdad es que me asuste un poco, y como
no podía saber de qué animal procedían porque no tenía linterna, se me ocurrió la
idea de utilizar el móvil. Total que me acerque a esos, grandes y potentes
ojos, y los alumbré con el móvil. Entonces comprobé que pertenecían a un enorme
camaleón prehistórico, que era de color gris azulado porque se encontraba en
una sala que estaba hecha de estalactitas y estalagmitas que según he estudiado
en naturales, son grandes rocas que han necesitado miles de años y están formadas
por la acción de las aguas que después de filtrarse se depositan al evaporarse
el carbono de cal que las impregna. Como vi que era manso y que él estaba tan
mosqueado conmigo como yo con él, le deje tranquilo no fuera a ser que el
bicharraco tuviese una vena criminal oculta.
Total que seguí caminando aunque muy a gusto me hubiese dado
media vuelta, pero mi amor por la perra era superior a mi miedo y a cualquier
cosa, así que continué caminando. De repente oí como voces de ultratumba,
acompañadas de cantos lúgubres y a lo lejos los chillidos de mi perra. Corrí hacia
los chillidos y los cantos y a cada paso que daba, la melodía se volvía como
veneno para mis oídos, me hipnotizaban y atrayéndome hacia ella.
Cuando llegué, vi una especie de cortina de agua que cuando
acercabas la mano se convertía en hielo. Me di cuenta, al acercar la oreja, que
los cantos procedían de la cortina y eran tan agudos que te hacían daño al oído.
Como la canción que esas extrañas cortinas cantaban era una canción triste, a mí
se me ocurrió que la forma más bonita de combatir un canto es con otro y quien
sepa otra manera que me lo diga.
Como yo sé cantar muchas canciones, decidí cantar una de las
más alegres y rítmicas de todas las que me sabía. Tapándome los oídos con las
manos, me puse a cantar a voz en grito. Fue una brillante idea porque la acción
de mi canto hizo que la cortina se rompiera y yo pudiera pasar, y así seguir
con mi camino. Cuando la traspasé me encontré a la perra, de la alegría de
verla me entraron ganas de matarla. La muy mameluca no lloraba de tristeza ni
dolor sino de satisfacción, porque se había encontrado con un esqueleto y tenía
en la boca un hueso más grande que ella y por eso gemía de puro placer. Dicen que
los perros son muy listos y esta era más listilla que ninguna, pues, cada vez
que me acercaba a ella para intentar quitarla el hueso, salía corriendo
moviendo el rabo a toda pastilla.
En una de estas se alejo más de lo debido y yo fui detrás de ella, el
animalito apenas podía con el peso del hueso, lo que hacía que perdiera el
equilibrio y cayera, momento que yo aprovechaba para intentar atraparla, pero
ella era más rápida que yo, pegaba la dentellada y otra vez a jugar al “pilla-pilla”.
Así estuvimos un buen rato, hasta que en uno de los
intentos, perdió de vista el terreno y se cayó en un pozo, pero como el hueso
era más grande que ella se quedo enganchada en él facilitándome a mí el sacarla
tirando de este.
Ya la tenía casi izada cuando, empezó a gruñir, lo que hizo
que me diera media vuelta para ver a que estaba gruñendo. Menos mal que ni ella
ni yo soltamos el hueso, si no se hubiera escalabrado contra el fondo del pozo,
porque lo que estábamos viendo era algo que jamás en la vida queríamos haber
visto. Un esqueleto se dirigía hacia nosotras con intenciones de matar a
alguien. Rápidamente saque a la perra y quise salir corriendo cuando, de
repente, me di cuenta de que al esqueleto que había visto antes le faltaba algo,
venia cojeando muchísimo, me quede observando y me di cuenta que le faltaba el
hueso de la tibia, que mi astuta perra se estaba comiendo y por lo que nos habíamos
metido en este lió. Intente arrancarle el hueso de la boca, pero no estaba
dispuesta a soltarlo por las buenas, a más fuerza que oponía yo, más fuerza que
oponía ella y cuando me quise dar cuenta ya tenía al esqueleto a mi ladito.
Pensé que nos iba a tirar al fondo del pozo de un huesazo,
pero hizo algo que me sorprendió, le quito el hueso a la perra sin ningún tipo
de problemas y dijo: “QUE PERRA MAS JUGUETONA”. Me quede flipando y pensé que
ya era hora de irme a casa. Hoy me habían pasado tantas cosas para escribir en
mi diario, que bien podría escribir un libro.
Cuando quise regresar me di cuenta de que era demasiado
tarde, esa cueva era un laberinto, mire a mí alrededor y vi tres caminos. Hasta
donde alcanzaba mi vista pude comprobar que uno de ellos era más ancho y largo
que los demás, así que me decidí meter por él y caí en una trampilla en la que
me encontré con una amiga mía llamada Ana y con su perro Durry, le pregunte que
hacía ahí y ella me contesto que estaba paseando a su perro cuando, de repente,
todos los árboles del campo empezaron a salir de sus agujeros y que se iba para
casa muerta de miedo, cuando se dio cuenta de que le faltaba el perro y como yo
entró a buscarlo. De repente mire para abajo y me di cuenta de que mis pies se
estaban convirtiendo en roca por efecto del calor, se lo dije a Ana y nos
percatamos de que estábamos en el interior de un volcán.
Encontramos una cabeza de mamut, unos cuernos y el esqueleto
con eso y unas cuantas cuerdas nos hicimos una balsa y utilizamos los cuernos
para remar.
Comentamos lo feo que eran los cantos y en esto que empiezan
a salir seres con apariencia humana, muy enfadados y empezaron a perseguirnos porque
estaban muy molestos. Intentamos alejarnos de ellos remando pero fueron muy
rápidos y se subieron también, eran pobres personas que habían caído como
nosotras allí hacía muchos años, pero con el tiempo se fueron convirtiendo en
agua y luego en hielo. Nos daban tantísima lástima que les dejamos subir,
aunque a los perros no les hiciese mucha gracia, pero al menos nos daban
fresquito en medio de todo ese calor volcánico.
Remamos hasta el cráter del volcán y una vez allí, no sabíamos
que hacer, entonces los seres de hielo y agua empezaron a cantar y a tirarse
por la borda, apagando el volcán. Nos dio mucha pena, pues se habían sacrificado
para salvarnos y que no nos pasase lo que a ellos. Bueno, había llegado el
momento de volver, pero ¿por dónde? La cueva era un laberinto, entonces mi
perra empezó a olisquear algo, como si siguiese una pista, iba con la nariz
contra el suelo y el rabo tieso, andando y
Nosotras la seguíamos atentamente, el otro perro se limitaba
a seguirla olisqueándola.
Volvimos donde habían estado los seres que cantaban y allí estaba
el camaleón esperándonos. Empezó a hablar en nuestra lengua y pensábamos que ya
nos habíamos vuelto majaretas. Con su voz estropajosa a causa de su larga
lengua nos dijo que habíamos sido las primeras en superar todas las pruebas y
que le pidiéramos lo que quisiéramos y nosotras le dijimos que volvieran a ser
seres humanos los seres que se habían tirado al volcán. Entonces empezaron a
salir personas de entre las estalactitas, todos felices. Luego se dirigió a los
perros y les hablo en su idioma, es decir, a ladrido limpio, entonces sacó al
esqueleto y le arranco la tibia y el peroné, devolviéndole la tibia a un perra
y dándole el peroné a otro.
Salimos de allí guiadas por nuestro amigo el camaleón, nos
despedimos de él y quedamos en volver otro día a visitarle. Volvimos a los
jardines, nos pusimos a andar camino de casa y cuando nos dimos la vuelta vimos
que los árboles seguían como siempre, bien plantados. Ya no había, ni hoyos, ni
cuevas, ni nada, asi que acordamos no decir nada a nuestras familias, ni a los
amigos pues iban a pensar que estábamos locas. Pero cuando alguien pasea a su
perro de noche, siempre le aconsejamos que no se acerque a los árboles, porque puede
que pase a ser la siguiente generación de cantantes helados.











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